
"Se habló cara a cara. Se explicó. Se entendió. Mañana vuelvo y vas a ver parte del material que tanto lío armó", escribió Rial, pasado el mediodía, en su perfil de Twitter. Antes, por la mañana, en su programa de radio Ciudad Goti K, el conductor había asegurado que el supuesto final abrupto del programa que cumplió once años se debía a un "conflicto de intereses, no lo acepté y me fui" y que no había posibilidad de retorno: "Ya di todo lo que tenía para dar y no hay marcha atrás".
Así, por unas cuantas horas se especuló con planes secretos que vinculaban al conductor con otro canal, una mudanza acelerada por los pedidos de la dirección del canal de no pasar imágenes de la ceremonia de los Martín Fierro. Pero no. Aunque sus dichos daban a entender que su tiempo en América se había acabado, Rial estuvo en la emisora y todo terminó bien para él, su equipo y sus espectadores. Que este mediodía pasarán por un raro momento de dé jà-vu televisivo cuando casi a 72 horas de la fiesta de Aptra finalmente puedan ver en América las imágenes que ya se vieron en todo el resto de la pantalla chica. O tal vez no. Tal vez ese material al que se refiere Rial sea tan interesante y explosivo como para hacer relevante una ceremonia que no lo fue. Ya repasados los modelos vestidos por ganadores e invitados y analizadas las fortalezas y debilidades de la transmisión no hay mucho que quede por decir. Porque más allá de las veleidades y la confusión de los organizadores, los Martín Fierro no son los Oscar. Aunque la tapa de la revista promocional distribuida a cada uno de los invitados a la fiesta realizada el domingo haya tenido como imagen central a la célebre estatuilla de Hollywood en lugar del telúrico Martín Fierro. Un error bastante grosero para una celebración organizada por una asociación de periodistas cuya desprolijidad a la hora de seleccionar a los ganadores aparentemente es contagiosa.







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